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Desde chamo, siempre fui diferente, de esos que no paran quietos. Crecí en Venezuela, en una familia donde el trabajo duro, la disciplina y los valores familiares no eran opcionales, eran parte del día a día. Aunque me inculcaron eso desde pequeño, no fue fácil. Siempre fui el "niño inquieto", ese que los profesores etiquetaban como hiperactivo. Lo que otros veían como un problema, con el tiempo aprendí a verlo como mi una fortaleza: esa energía se transformó en creatividad. Aunque, ojo, eso no fue de un día para otro.

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Uno de los capítulos más intensos de mi vida llegó cuando decidí migrar a los Estados Unidos. Fue como lanzarme sin salvavidas a aguas desconocidas. Al principio, la cosa estuvo ruda: estaba solo, con malos hábitos que parecían anclas, y me di cuenta de que tenía dos caminos. Seguir donde estaba, cómodo pero atascado, o dar un giro de 180 grados. Elegí lo segundo. Dejé atrás vicios que no me dejaban avanzar y empecé a reconstruirme desde cero. Ese fue el momento en el que realmente comenzó mi crecimiento personal.

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